
Vaya, qué sorpresa. Me desperté esta mañana con la sensación de que mi cafetera inteligente me estaba juzgando. No es que funcione mal, claro, es que cada vez que intento hacer un espresso, me lanza una notificación: ‘¿Estás segura de que necesitas más cafeína? Tu ritmo cardíaco sugiere estrés’. Gracias, máquina. No lo sabía. En la Ciudad de México, donde el tráfico nos estresa de por sí, ahora tenemos electrodomésticos con opiniones.

Decidí tomar el control. Si la tecnología quiere jugar, jugamos. Intenté programar mi robot aspirador para que limpiara no solo el polvo, sino también mis dudas existenciales. El resultado fue desastroso. Ahora tengo el departamento impecable, pero siento que me está evaluando mientras pasa por las esquinas. Es como tener un mayordomo británico en un departamento pequeño en Roma Norte, pero sin el encanto y con un sensor de obstáculos muy sensible a mis zapatos viejos.

Al final, volví a lo básico: papel y lápiz. Y sí, funciona. La ironía del siglo XXI es que para desconectarnos del algoritmo, a veces necesitamos volver a conectar con nuestras manos. Aunque confieso que, cuando se fue la luz, eché de menos que mi nevera me dijera qué comida estaba a punto de echarse a perder. Pero bueno, al menos ahora sé que mi intuición humana sigue siendo superior a la de cualquier chatbot. Por ahora.

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