
Neta, ¿alguna vez te has quedado scrolleando Instagram a las 3 de la mañana sin darte cuenta? Estás chiquito, parce. La adicción a redes sociales ya es una epidemia en el DF, y no me refiero a una de esas que se curan con té de manzanilla. Estamos hablando de un nivel de dependencia que hace parecer a los fumadores de uñas como personas super relajadas. Y no es cosa de tontos, bro, es que las redes están diseñadas para que no puedas salir. Es como el churro que te vende la señora de la esquina: uno nunca es suficiente.

Lo que más me cónebra es ver a la gente cenando en familia, pero en realidad todos están en sus celulares. Ya ni se platican cara a cara, todo es por WhatsApp. ¿Para qué decirle a alguien «te quiero» si le puedes mandar un corazón en el chat, neta? Es más fácil predecir el futuro que dejar de checar las notificaciones. Y lo peor es cuando tienes millas desconocidas preguntándote «de dónde eres» o quería «hacer amigos». ¿Crees que nacimos ayer?

¿Entonces qué hacemos? ¿Borramos todas las redes y nos vamos a vivir a una cueva? Mire, yo lo que hago es crear una regla de oro: ninguna red social después de las 9 de la noche y un día desconectado a la semana. Y si no se puede, está bien reconocer que tenemos un problema. Busca ayudar, platica con alguien, o simplemente deja el celular en silencio un ratico. Recuerda que la vida es corta para quedarse viendo stories de gente que no conoces.

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