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Si alguna vez has caminado por la Avenida Reforma después de un partido de la selección mexicana, sabes que no es una calle, es un escenario de realidad aumentada donde la dignidad colectiva se desvanece junto con el último trago. El otro día, tras el choque contra Chequia —sí, Chequia existe, no es un estado de Florida ni una marca de autos viejos—, el ambiente en el centro de la ciudad tenía esa mezcla peculiar de euforia nacionalista y confusión existencial. Y aquí viene lo interesante: la ‘Ley Seca’. No, no hablo de la prohibición de alcohol en los Estados Unidos de los años 20, aunque suena a que algunos políticos actuales querrían volver a esa época dorada para evitar que veamos lo que realmente pasa cuando bajamos la guardia. La ley seca en este contexto es esa norma implícita o explícita que nos dice: ‘No bebas tanto, no hagas escándalo, mantén la postura’. Pero claro, ¿quién puede mantener la postura cuando el fútbol mexicano te ha dado más subidones y bajones que una montaña rusa diseñada por un ingeniero con crisis nerviosas?

La ironía es que, mientras gritamos por la calle, preguntándonos si esto es un cochinero o simplemente la normalidad post-pandemia, olvidamos que el fútbol es un juego. Un juego que, curiosamente, parece haber perdido su esencia para convertirse en un negocio globalizado donde los mundiales FIFIS (o como quieran llamarlos esta vez, porque FIFA ya sonó a marca registrada de juguetes baratos) son el objetivo final. ¿Por qué hacemos mundiales? Porque necesitamos excusas para vestirnos de verde, blanco y rojo, y luego culpar al sistema cuando perdemos. Es un ciclo vicioso de esperanza y decepción que nos mantiene entretenidos mientras el mundo gira a toda velocidad.

Hablemos del partido México vs. Chequia. Si tuviera que describirlo con una palabra, sería ‘caótico’. No en el sentido épico de las batallas antiguas, sino en ese sentido moderno de ‘no sabemos qué está pasando pero estamos gritando igual’. Chequia, ese país europeo que muchos confundimos con República Checa (son lo mismo, gente, aprendan geografía básica antes de seguir criticando), nos dio una lección táctica que podríamos resumir así: ‘El fútbol se juega con la cabeza, no solo con los pies’. Nosotros, por nuestra parte, demostramos que tenemos corazón, pero quizás nos falta un poco de cerebro estratégico en momentos clave.

Mi comentario personal? Fue decepcionante, sí, pero también revelador. Nos mostró que aún tenemos mucho trabajo por hacer, no solo en la cancha, sino en cómo gestionamos nuestro talento. No es culpa de un solo jugador ni de un solo técnico; es un problema sistémico. Y aquí es donde entra la ley seca nuevamente. Si aplicáramos una ley seca real sobre la crítica destructiva, quizás podríamos empezar a construir algo sólido en lugar de destruirlo cada cuatro años. Pero no, preferimos el drama. Preferimos el cochinero en Reforma porque al menos ahí hay acción, aunque sea caótica.

Y hablando de caos, ¿por qué hacemos mundiales? Porque somos adictos a la adrenalina. Queremos sentirnos grandes, queremos creer que un balón redondo puede cambiar la historia de un país. Es romántico, sí, pero también peligroso. Nos hace olvidar que detrás de cada jugador hay seres humanos, y detrás de cada aficionado hay personas con vidas reales que no giran exclusivamente alrededor de un cronómetro de 90 minutos. Sin embargo, no puedo dejar de amar este deporte. Es mi vicio, mi terapia y mi fuente de frustración diaria.

Así que, después de todo el alboroto, después de limpiar los vidrios rotos de la barra brava imaginaria y de recuperar la compostura frente al espejo, me quedo con una reflexión simple: disfrutemos el juego, pero sin perder la perspectiva. Chequia ganó porque estuvo mejor preparada, punto. No fue magia, fue trabajo. Y nosotros, seguiremos intentándolo. Porque eso es lo que hacemos los mexicanos: nos levantamos, nos sacudimos el polvo y volvemos a intentar, incluso si la próxima vez terminamos bailando cumbia en medio de la calle con una botella vacía en la mano.

La ley seca no va a resolver nuestros problemas futbolísticos, pero quizás sí nos ayudaría a tener una conversación más madura sobre lo que queremos de nuestro equipo. Dejemos de culpar al destino y empecemos a construir un futuro deportivo sostenible. Mientras tanto, yo seguiré escribiendo desde mi blog, tomando mi café (sin alcohol, gracias a la ley seca simbólica) y esperando con ansias el próximo partido. Porque al final del día, el fútbol es más que un juego; es un espejo de nuestra sociedad, con todas nuestras luces y sombras. Y si ese espejo muestra un cochinero, al menos podemos reírnos de nosotros mismos mientras lo arreglamos.

En resumen: Chequia es un país, el fútbol es complicado, y Reforma después de un partido es una experiencia sensorial única. Disfrútenla, pero cuiden sus pertenencias. Y recuerden: la verdadera victoria no está en ganar, sino en seguir jugando con pasión y respeto. Hasta la próxima, amigos. Que viva el fútbol, y que viva la ironía de vivir en un país donde el caos es la única constante.