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Si hay algo que define a la Ciudad de México, es su capacidad para transformar una noche de fútbol en un espectáculo de caos urbano digno de Hollywood. Y cuando digo caos, no me refiero a ese tráfico lento de la Periférico los domingos; me refiero a la explosión visceral de Reforma después del partido entre México y Chequia. Sí, Chequia. El país europeo. No, no es un estado de EE.UU., ni una marca de autos, ni un error tipográfico de ‘Chihuahua’. Chequia es un país con historia, con cerveza buena y, lamentablemente, con una selección que nos hizo sudar más de lo que nos gustó admitir.

La noche comenzó con la euforia típica del aficionado mexicano: camisetas verdes ondeando, rostros pintados y esa esperanza ingenua de que ‘esta vez sí ganamos’. Pero cuando el silbato final sonó y la realidad golpeó (sea por victoria o derrota, el resultado es irrelevante para la física de las multitudes), la Avenida Insurgentes y Paseo de la Reforma se convirtieron en lo que yo llamo cariñosamente: el cochinero. No es un insulto, es un término sociológico urbano. Es el momento donde la civilización se quita el traje de gala y sale a jugar con los perros.

Lo más irónico de todo esto es la presencia de la llamada ‘Ley Seca’. En México, tenemos una ley seca parcial, o mejor dicho, una ley seca selectiva. Durante eventos deportivos de alta tensión, las autoridades deciden que el alcohol es el enemigo público número uno. ¿Por qué? Porque creen que si quitas la cerveza, quitas la fiesta. Pero olvidan algo fundamental: los mexicanos somos expertos en la resiliencia creativa. Si no puedes tomar en la calle, tomas en la esquina. Si no puedes gritar con una copa en la mano, gritas con las manos vacías pero con la garganta lista para estallar. La ley seca no detuvo la celebración ni la protesta; solo la volvió más subterránea, más intensa y, francamente, más peligrosa para los vidrios de los autos estacionados.

Hablemos de la verdadera pregunta del millón: ¿Por qué hacemos mundiales? O mejor dicho, ¿por qué sufrimos tanto por ellos? Vivimos en un país donde el sistema de salud pública tiene listas de espera de meses, donde el agua potable es un lujo en muchas colonias y donde el transporte público es una prueba de resistencia física diaria. Y sin embargo, cuando llega la Copa del Mundo, todos somos patriotas de repente. Es como si el gobierno dijera: ‘No podemos arreglar el drenaje, pero podemos invertir millones en publicidad para que veamos a nuestros jugadores correr por 90 minutos’.

El Mundial es el opio de las masas moderno. Nos hace sentir parte de algo grande, aunque sea por unas semanas. Nos une, sí, pero también nos divide. Divide a los que creen que el talento natural basta y a los que saben que la preparación técnica es clave. Divide a los que culpan al árbitro y a los que culpan al entrenador. Y al final, todo termina en Reforma, en medio de botellas rotas y confusión generalizada.

Mi comentario sobre el partido México vs Chequia es simple: fue un recordatorio de que el fútbol internacional es impredecible. Chequia, ese país checo que muchos confundimos con países vecinos o que simplemente ignoramos hasta que aparece en un mapa, demostró que el fútbol no se juega solo con corazón, sino con estructura. México tuvo sus momentos brillantes, esos destellos de magia criolla que nos encantan, pero también tuvo sus momentos de desconexión táctica que nos hicieron apretar los dientes. No fue un desastre, pero tampoco fue la obra maestra que esperábamos. Fue un partido real, con errores humanos, con momentos de genio y con la frustración inherente a ser hincha de la selección nacional.

Al final de la noche, mientras caminaba de regreso a casa, esquivando charcos de cerveza y grupos de amigos riendo a carcajadas, me di cuenta de algo. Este ‘cochinero’ en Reforma es parte de nuestra identidad. Es nuestra forma de celebrar, de dolernos, de vivir. La ley seca intentó frenarnos, pero falló porque no entiende que la pasión mexicana no se regula con ordenanzas municipales.

Chequia ganó puntos en mi libro por existir y por jugar bien, pero México sigue siendo mi equipo, mi dolor y mi alegría. Y mientras sigamos teniendo estos momentos de caos colectivo, seguiremos siendo mexicanos: caóticos, resilientes y absolutamente únicos. Así que la próxima vez que haya un partido importante, prepárate para el caos. Pero sobre todo, prepárate para reírte de ti mismo cuando termines cubierto de espuma de cerveza en medio de la Reforma. Eso es ser CDMX. Eso es ser vivo.

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