
¡Qué onda, raza! Resulta que ahora ser adicto a redes sociales es más común que ponerle jitomate a los tacos al pastor. Y no les voy aventar la primera piedra, porque aquí andamos igual de mamados, ¿verdad? Lo curioso es cómo el simple hecho de ‘chequear’ el celular se convirtió en nuestra actividad favorita, aunque sea para ver a tu ex publicando fotos con su nuevo güey y sin ganas de desearte las buenas noches.

Lo chistoso es que todos creemos que tenemos el control. ‘Ah, yo no, yo nomas entro y salgo’, dicen mientras se pasan tres horas enganchados en TikTok viendo gente haciendo cosas que ni ustedes ni yo entenderíamos jamás. Y no me empiecen con el WhatsApp, donde ya te sientes culpable por no responder en 0.3 segundos si viste el último meme del grupo. ¡Hasta la abuela ya te deja en visto y le da flojera escribir! Es que es una situación, ¿no?

Pero al chile, tal vez lo urgente no es dejarlas de golpe, sino aprender a usarlas sin que nos usen a nosotros. Porque está bien derramar lágrimas en stories y todo el rollo dramático, pero también está bien tomarse un break, salir a la calle (¡sí, afuera existe!) y platicar de viva voz con alguien que no sea un bot de atención al cliente. La tecnología está para ayudar, no para tenernos en vilo como cuando esperas el camión y nunca llega, ¿ah me van entendiendo?

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