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Chavos, ya ni cuenten, estamos en 2026 y La Lagunilla sigue siendo ese lugar donde encuentras desde una consola de la generación 45 hasta un vaso de aguamiel con un chorro de café por precio de what’s app. El tianguis antigüedades ya tiene su propia app de ar, donde apuntas tu smart glass y ves quién se moría de la risa con ese candelabro en 1985. ¿La onda? Que los vendedores ya no te dicen ‘cómprelo mijo’, te mandan un QR y le dan follow a tus redes para ‘fidelizar cliente’. Estamos bien, o qué.

Lo más chistoso es ver a los hipsters del 2026 caminando como si fueran los descubridores del Berlin de los 90, cuando en realidad están pagando 800 pesos por una playera ‘vintage’ que fue la mismísima que su tía compró en el Coppel del 2008. La gente sigueрофл касается тех историй de fantasmas, pero ahora hay tours haunted con realidad aumentada donde los fantasmas te hablan en spanglish y te invitan a seguirlos en TikTok. Lo único que no cambia es el olor a chicharrón y calle.

Y si creían que la comida ya no se podía poner más mejorada, está el puesto de tacos al pastor que ahora imprimen los trompos en 3D usando un ‘saborizante molecular’ que, según el vendedor, sabe exacto al pastor de Don Polo de 2019. A mí me sabe a plasticina con chile, pero bueno, cada quien sus gustos. Al final, La Lagunilla sigue siendo ese caos organizado y mágico donde el tiempo da vueltas, las 80s y el 2026 se dan la mano, y donde siempre sale algo que no necesitas pero se vida te obliga a comprarlo.

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