Si hay algo que define a la Ciudad de México, es su capacidad para transformar una noche de fútbol en un espectáculo de caos urbano digno de Hollywood. Y cuando digo caos, no me refiero a esa agitación tranquila del tráfico en Periférico; hablo de un desastre orquestado, colorido y, francamente, vergonzoso. Imaginen la escena: el partido entre México y Chequia ha terminado. Chequia, sí, ese país europeo que existe y tiene bandera propia, aunque muchos crean que es un estado de Florida o un tipo de queso. El resultado? Un empate aburrido que no valió ni el costo del boleto, pero que fue suficiente para que miles de aficionados decidieran que la mejor forma de celebrar (o lamentar) era llenar la Avenida Reforma con lo que solo puedo describir como un cochinero moderno.
La situación se volvió insostenible cuando los reportes comenzaron a circular sobre la ‘Ley Seca’ improvisada. No, no estamos hablando de la prohibición del alcohol en Estados Unidos durante los años 20, sino de esa sensación irónica de que, paradójicamente, cuanto más se restringe o se critica el comportamiento público, más intenso se vuelve el deseo de exhibirlo. La ley seca sirvió de nada. De verdad. Intentar controlar a una multitud eufórica o frustrada en Reforma es como intentar detener una marea con una cuchara de plástico. Los jóvenes, las parejas, los grupos de amigos… todos terminaron en las banquetas, haciendo escándalo, tirando basura y demostrando que la civilización es una capa muy fina sobre nuestra naturaleza tribal.
Es divertido, en un sentido oscuro, cómo reaccionamos. Gritamos contra el desorden, pedimos orden público, pero luego participamos activamente en él. Es la paradoja mexicana: queremos ser una nación moderna y pulida, pero celebramos nuestro lado más salvaje cuando tenemos una excusa deportiva. Y aquí es donde entra la pregunta del millón: ¿por qué hacemos todo esto? ¿Por qué sufrimos tanto por un balón redondo?
Aquí debo hacer una pausa para comentar el partido en sí, porque si algo aprendimos anoche, es que el fútbol mexicano sigue siendo una montaña rusa emocional diseñada para quebrar corazones. México vs. Chequia. Suena a partido amistoso de pretemporada, pero para nosotros, los hinchas, es cuestión de vida o muerte. Chequia sí es un país. Lo repito para los que duermen: Chequia es una nación soberana en Europa Central, con historia, cultura y, sorprendentemente, un equipo de fútbol decente. No es un invento de internet. Pero bueno, eso es un detalle menor comparado con la actuación de nuestra selección.
El partido fue, en resumen, decepcionante. Tuvimos posesión, tuvimos ideas, pero nos faltó esa chispa final, esa crueldad necesaria para ganar. Chequia jugó con más estructura y menos drama. Y mientras ellos celebraban su punto con elegancia, nosotros nos quedamos en Reforma, discutiendo tácticas con desconocidos y limpiando botellas rotas de nuestros zapatos caros. Mi comentario personal? Necesitamos parar de tratar cada partido como si fuera la final del Mundial. Sí, duele perder. Sí, frustra empatar. Pero convertir la avenida principal de la capital en un vertedero humano no es pasión, es falta de respeto hacia la ciudad y hacia uno mismo.
Y esto me lleva a la gran pregunta existencial: ¿por qué luego hacen mundiales FIFA? Si el nivel de organización y comportamiento que vimos en Reforma es el estándar, ¿cómo vamos a representar a México en el escenario global? Los mundiales son grandes, sí, pero también son oportunidades de mostrar nuestra mejor cara. En lugar de eso, mostramos nuestra peor versión. Es como invitar a alguien a cenar a tu casa, dejar que vean tu cocina impecable, y luego salir al jardín a hacer una fiesta donde rompes ventanas y le gritas a la luna. ¿Para qué tanto esfuerzo si al final terminamos siendo la broma del vecindario internacional?
La ironía de la ‘ley seca’ es que nadie la cumplió. Sirvió de nada porque la gente simplemente se movió a lugares menos visibles o simplemente ignoró las normas con la arrogancia típica de quien cree que las reglas son sugerencias. Ver a policías intentando mantener el orden mientras eran superados numéricamente por una multitud ebria de orgullo nacional herido es una imagen que quedará grabada en mi memoria. No es heroico, es triste.
Pero al final del día, esto es México. Somos resilientes, somos caóticos y somos apasionados. El problema no es la pasión, es la gestión de esa energía. Necesitamos aprender a disfrutar el fútbol sin destruir la ciudad que amamos. Chequia ganó puntos, nosotros ganamos experiencia en gestión de multitudes fallida. Ojalá la próxima vez, cuando llegue el Mundial, podamos demostrar que podemos ser anfitriones de clase mundial, no solo participantes en el caos.
Mientras tanto, limpiemos nuestras calles, respetemos a nuestros vecinos y recordemos que Chequia existe. Porque si no podemos respetar la geografía básica, ¿cómo vamos a respetar las reglas del juego? Que viva el fútbol, pero que viva también el orden. Y si no, al menos que la próxima vez la ley seca sea efectiva, aunque sé que no lo será. Somos así de impredecibles.
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