
Hablemos claro, amigos de la CDMX: hay algo que me saca de quicio en el cine moderno. No es el mal actor, ni el guion predecible, ni el precio exagerado del palomero. Es la decisión artística de sumergirnos en una oscuridad tan densa que parece que el director olvidó encender las luces del set. Me refiero a esas películas donde transcurren en una noche eterna, en medio de un apagón nacional o simplemente porque ‘el balance de blancos no funcionaba’. Ver a los personajes forcejear con sus sombras mientras intentan descifrar si ese ruido es un fantasma o su estómago es, francamente, aburridor.

La ironía es que vivimos en la era de la 4K HDR y aún así nos venden películas que parecen grabadas con un teléfono de 2005 bajo una manta. En México, sabemos de apagones; no necesitamos que Hollywood nos lo recuerde cada dos por tres con efectos especiales de baja resolución. Cuando no puedes distinguir si el villano lleva una máscara o solo tiene mala piel, la tensión se pierde. La narrativa se vuelve confusa, no misteriosa. Es como intentar leer un libro en un metro lleno de gente pero sin luz: te esfuerzas, pero al final solo quieres irte a casa.

No estoy diciendo que el cine negro o los thrillers nocturnos estén mal. El cineasta mexicano Alfonso Cuarón lo hace magistralmente cuando la oscuridad sirve a la historia, no como excusa para perezar en la iluminación. Pero cuando la falta de luz es el único recurso dramático disponible, me apaga el interés más rápido que un corte de luz en pleno clímax. Necesito ver las expresiones, el contexto, el color. Sin eso, soy solo yo, mi palomita fría y la duda constante de si realmente pasó algo en pantalla o si fue todo un ejercicio de estilo vacío. ¡Que viva la buena iluminación!
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