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Si la Ciudad de México tuviera un pulso, ahora mismo estaría en taquicardia. Las calles, ese laberinto de asfalto que nos define, se han convertido en ríos humanos. Maestros con megáfonos, campesinos con sus banderas y el eterno debate del aeropuerto nuevo… todo se mezcla en una sopa de protestas que deja al circuito interior como un estacionamiento de lujo para los más pacientes (o desesperados). Es divertido ver cómo la burocracia de la SEP y la realidad del transporte público chocan como dos trenes sin frenos.

Pero, ¿qué sigue? ¿Vamos a tomar el Zócalo? ¿El estadio Azteca? La ironía es que, mientras discutimos si la próxima gran movilización será en un recinto deportivo o en las oficinas gubernamentales, nosotros seguimos aquí, atrapados entre el caos y la risa. Porque al final, ¿qué otra cosa nos queda? Reírle a la cara a la tragedia urbana. Si no te ríes, lloras, y en CDMX, el agua ya está cara.

Así que, mientras los políticos debaten y el tráfico avanza a paso de tortuga, tomémonos este café con calma. La ciudad respira hondo, pero no exhala. Nos vemos en el siguiente café, donde la única marcha es la que hacemos hacia la barra de pan dulce. #CDMX #Protestas #Tráfico #HumorMexicano #VidaEnCiudad

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