
Hola, mi gente. Regreso de una pausa larga, de esas en las que uno cree que el mundo se detiene y todo vuelve a la normalidad. Me equivoqué. Volví a la Ciudad de México y lo que encontré no fue mi hogar, fue un campo de batalla estilizado con arte urbano y café de especialidad. La verdad, si no tienes urgencia vital de venir a la CDMX, mejor no vengas. Es un caos total. Y no hablo del tráfico habitual, ese que nos hace sentir que vivimos en una película de apocalipsis zombie pero con más claxon. Hablo de un caos sistémico, político y social que ha alcanzado niveles de ficción distópica.
Al menos siete marchas diferentes están anunciadas para mañana. Siete. ¿Saben qué? Ni el café de origen único, tostado artesanalmente por alguien que probablemente también está protestando, me calma los nervios. La CDMX está en perdición total, o al menos eso parece desde mi ventana con vista a la polución y las banderas ondeando agresivamente. México al borde del caos, sí, pero un caos tan mexicano, tan colorido y tan absurdo, que casi da risa si no fuera tan serio.

Hablemos de lo que está pasando, porque no podemos ignorarlo. El escenario es digno de un guion de película de acción mal rodada. Tenemos a los maestros marchando, defendiendo sus derechos laborales con la pasión de siempre. Pero, porque en México nada es simple, los comerciantes están luchando contra ellos, bloqueando calles para proteger sus negocios de la interrupción del flujo de clientes. Es el clásico ‘yo contra ti, pero todos contra el sistema’.
Luego están las prostitutas inconformes, pidiendo visibilidad y derechos laborales en un país donde su trabajo es estigmatizado pero inevitablemente presente. El gobierno responde reprimiendo, sin resolver las causas raíz, porque resolver es difícil y reprimir es rápido. Los pensionados, esos héroes silenciosos que sostienen a muchas familias, protestan por la baja en sus pensiones, mientras las madres buscadoras de desaparecidos caminan con la dignidad rota pero la mirada firme, exigiendo verdad y justicia.
No olvidemos a los activistas ecológicos, gritando contra la contaminación que nos asfixia día a día, y a los padres de los estudiantes de Ayotzinapa, cuyo dolor es una herida abierta que nunca cicatriza. Y en medio de todo esto, el sistema de transporte, especialmente el Metro, entra en colapso. Si intentas tomar el Metro durante estas protestas, prepárate para una experiencia de supervivencia: empujones, calor, obra negre, polvo, incertidumbre y la posibilidad de quedarte atrapado entre dos ideologías opuestas en la estación de Salto del Agua.

Entonces, ¿qué hago yo? ¿Me escondo? No. Soy de CDMX, o al menos me considero parte de este caos hermoso y terrible. Pero si vienes al Mundial FIFI 2026 en la CDMX, escúchame bien: cuídate. Mantente informado. No seas el turista ingenuo que piensa que las protestas son solo ‘color local’. Aléjate del centro, especialmente del Zócalo. Ese lugar sagrado se convierte en un mar de gente, pancartas y tensión. No vale la pena arriesgarse por unas fotos bonitas cuando puedes perder tu pasaporte o, peor aún, tu seguridad personal.
La ironía es que, a pesar de todo esto, la CDMX sigue siendo irresistible. Su cultura, su comida, su gente resiliente. Pero hoy, necesito ser honesta. No es el momento para el turismo ligero. Es un momento para la conciencia, para la empatía y para la precaución. Si estás aquí, úsalo como oportunidad para aprender, para escuchar y para respetar. No vengas a ver el espectáculo, ven a entender la realidad. Y si no tienes urgencia, espera. Porque esta ciudad, aunque te ama y te odia al mismo tiempo, necesita respirar. Y nosotros, sus habitantes, necesitamos paz. Por ahora, solo queda esperar a que las sirenas dejen de sonar y el café vuelva a tener sentido.

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