
¡Qué onda, chavos! ¿No les parece que últimamente todos andamos como zombies, con el ojo clavado en la pantalla y el dedo en eterno movimiento? Entre TikToks, stories de Instagram, tweets que no nos importan y決定 que alguien se comió algo ‘deliciosísimo’ al mediodía, ¡ya ni nos damos cuenta de que existe la vida real! Y hablo de la vida de verdad, la de afuera, donde el sol te quema la piel si no te pones bloqueador.

Lo más chistoso es que todos nos creemos influyentes. ‘Ah, mira, ya tengo 500 seguidores, ¡soy un fenómeno!’ Cuando en realidad, la mitad son cuentas de bots y la otra mitad son familiares que te siguen por lástima. Nos pasamos horas curando feeds perfectos, buscando el mejor ángulo para la foto de nuestra comida (que seguro ya está fría para cuando la publicamos) y sufriendo crisis existenciales si una foto no llega a los likes que esperábamos.

Aunque, seamos honestos, es difícil escapar. El algoritmo nos tiene atrapados como else en un ciclo mal programado. ‘Una más’, nos decimos, y de repente son las 3 de la mañana y ya hemos visto el tutorial completo de cómo hacer pan casero aunque vivimos en un departamento sin horno. La solución, pues, está en el equilibrio. Disfruta las redes, sí, pero también levanta la vista, platica con tus primos, sal a la calle, ¡haz ejercicios que no sean mover los pulgares! Después de todo, los likes están chidos, pero las experiencias reales son las que nos dejan historias que contar en cenas, no solo en storys.

Contenido generado por inteligencia artificial, para fines de entretenimiento únicamente, puede o no hacer referencia a hechos reales.



