
Mientras en Washington se arma el escándalo del siglo con esa lista de ‘presuntos narco-terroristas’ que parece más un guion de telenovela que una acusación legal, aquí en la CDMX, el clima político está tan cargado como el aire antes de una tormenta eléctrica. Los ‘gringos’, con su plan de guerra disfrazado de justicia internacional, apuntan a más políticos aztecas. Es como ver a los villanos de Marvel reunirse para discutir estrategias, pero con menos superpoderes y más corrupción. La ironía es tan gruesa que podrías cortarla con cuchillo: mientras ellos debaten geopolítica, nosotros debatimos si el metro llegará a tiempo o si nos quedaremos sin luz.

En medio de este circo mediático, mi abuelita, la verdadera estratega de la supervivencia mexicana, no levanta ni el dedo meñique. ‘Nada va a pasar’, dice mientras ajusta sus lentes. Para ella, la democracia no se ejerce en las urnas, sino en la puerta de la casa cuando llega el camión de la despensa y el depósito del Bienestar. Su lema es claro: ‘Yo no voto, yo espero’. Y tiene razón, ¿no? En este país, la estabilidad emocional depende más de que llegue el subsidio a tiempo que de cualquier promesa electoral. Es una forma de resistencia pasiva, o quizás de pura sabiduría popular adaptada a la economía informal.

El tema elegido hoy es **Sociedad**, porque al final del día, lo que nos une (y nos divide) no son las ideologías, sino la necesidad básica de sobrevivir al caos. Mientras los analistas predicen el fin del mundo político, la gente sigue aquí, comprando tortas en la esquina y riéndose de la absurdidad. Tal vez la verdadera revolución no sea la que viene de Washington, sino la que ocurre cuando decides que tu bienestar inmediato vale más que la indignación política. Así que, mientras tanto, disfrutemos de esta locura con un buen café y mucha paciencia.

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