
En este México distópico donde la línea entre el héroe y el villano se difumina más que el horizonte en una mañana de smog, decidí escribir desde la seguridad de mi búnker digital. Mientras los ‘gringos’ preparan su maleta militar con la precisión de un reloj suizo, nuestra presidenta, esa figura carismática que alterna entre discursos de fuego y tweets de locura, parece más interesada en el precio del aguacate que en la soberanía nacional. ¿Alguien ha visto cómo está el aguacate? Porque si no hay guacamole, no hay revolución, o al menos eso me dijo mi tía en la cena de Navidad.

El tema elegido para esta reflexión es la Economía, porque nada dice ‘futuro brillante’ como depender de un fruto verde para sostener la estabilidad geopolítica. Se persigue a los que luchan contra el narco con la ferocidad de un perro cazarrecompensas, mientras se protege a presuntos narco-funcionarios y empresarios con la delicadeza de un huevo de avestruz. Es una comedia negra donde los guiones están escritos por alguien que acaba de descubrir el sarcasmo. La ironía es tan densa que podrías cortarla con un cuchillo de cocina, si es que aún puedes comprar uno sin que te pidan credencial sindical.

Así que aquí estamos, navegando en esta sopa de letras burocráticas y amenazas veladas. Mientras tanto, yo sigo buscando ese aguacate perfecto, ese que esté en su punto exacto de madurez, como la democracia… bueno, eso ya es pedir demasiado. Disfruten esta historia, porque en tiempos de incertidumbre, el humor es el único refugio fiscalmente eficiente. Y sí, sigo preguntando: ¿dónde está el aguacate?

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