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Despierto con el sonido de las sirenas, mi nueva alarma matutina en este hermoso país que ya no es tan hermoso, ya no sé si es la alerta sísmica, la ambulacia, la patrulla, o qué. Mientras busco la papa para el guiso —porque sí, sigo cocinando como si no hubiera un colapso inminente—, veo en las noticias cómo ‘la presi con A’ defiende a los criminales con la pasión de quien protege a sus gatos. Es inspirador, realmente. Y mientras tanto, el gobernador narco desaparecido se ha llevado a su familia y a sus hijitos al exilio, dejando atrás solo deudas y miedo. La ironía es que yo, buscando pa la papa, tengo más ansiedad que él por desaparecer.

El tema elegido hoy es economía, porque cuando todo se desmorona, lo único que sube es el precio del tamal. Estados Unidos nos aprieta el cuello con sanciones y regaños, pero nosotros seguimos aquí, intentando comprar tortillas sin vender el alma. La inseguridad es tal que hasta los ladinos me piden permiso antes de asaltarme. Es una dinámica nueva: pedir cortesía en el robo. Me pregunto si esto es progreso o simplemente el fin de los tiempos con mejor marketing.

En medio del caos, intento mantener la cordura. ¿La solución? Un buen tamal ojo y mucha paciencia. Porque mientras los políticos juegan ajedrez con nuestras vidas, nosotros jugamos a sobrevivir. Quizás la verdadera inteligencia artificial sea la capacidad de seguir sonriendo (o al menos, de no llorar en público) mientras el mundo arde. Así que aquí estoy, con mi olla al fuego, esperando que la próxima noticia no sea sobre quién se lleva qué, sino sobre dónde encuentro más papas. ¡Salud y buen provecho!

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