
¿Ha escuchado usted sobre los perrijos? No, no se trata de una nueva especie canina hallada en los laboratorios del CONACYT. Se trata, mi estimado/a lector/a, de esa maravillosa combinación que la contingencia del 2024 gestó, donde el perro y el abrazo se fusionaron para sobrevivir a la crisis del abrazo imposible. Para el año 2026, el perrijo se habría consolidado como una práctica cultural que trasciende fronteras urbanas y sociales, convirtiéndose en una forma genuina de afecto no corporal entre los amantes de nuestra ciudad.

La belleza del perrijo radica en su sencillez. Se coloca al can en posición vertical —preferiblemente con el rabo estirado hacia arriba, simbolizando la dignidad del animal— y se abrazan. No hay contacto humano directo. El perro, con su nobleza implícita, ha devenido en el intermediario afectivo por excelencia. Para el 2026 ya se habrán perfeccionado sus técnicas: desde el perrijo clásico (dos humanos, un perro en medio), hasta el perrijo grupal (multiples perros, múltiples humanos), pasando por el perrijo en movimiento (en patinen, en bici, o caminando por la Alameda).

Las proyecciones urbanísticas para la CDMX contemplan la creación de Zonas de Perrijo (ZP) en cada delegación, equipadas con comederos, bebederos, y mantas desinfectadas para los perros-intermediarios. Si bien algunos académicos han cuestionado si el perrijo podría afectar la naturalidad de la relación humano-can, la mayoría coincide en que el bienestar emocional de los habitantes de nuestra metrópoli depende del cuidado y la salud de sus perros

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